sábado, 30 de abril de 2011

¡Ya viene el cortejo!

Fragmento sacado de "Hidalgo a Iturbide" por Armando Fuentes Aguirre Caton

El director del teatro apareció en el proscenio y anunció que todos los fondos recaudados en esa función lo mismo que en las dos anteriores se destinarían a comprar zapatos para los heroicos soldados del ejército trigarante.

El público se puso en pie y prorrumpió en una ovación atronadora. De las galerías cayó sobre lunetario una lluvia de papelitos verdes, blancos y encarnados.Muchas de las damas precedentes lucían prendas de esos mismos colores y agitaban pañuelos cortados seda verde, blanca y roja. Esos eran los colores de Iturbide, esos los colores de la nuave enseña nacional: el verde representaba la independencia, del blanco la religión, el rojo la unión indisoluble entre españoles y mexicanos.
Aquellos días de septiembre de 1821 la ciudad de México vivía un fervor patriotico como jamás había mis como jamás se volvería a ver. Los mexicanos estrenaban patria y emocionados festejaban el estreno. Cuando el día 23 el améritado insurgente Don José Joaquín de Herrera ocupó con sus tropas del cerro de Chapultepec, el pueblo fue a saludar a los soldados y los colmo de cosas de comer y de regalos. Un día después Filosola hizo su entrada a la ciudad con su batallón de dragones. La gente se entusiasmó tanto al verlos desfilar que algunos exaltados subieron a los campanarios de las iglesias y comenzaron a repicar las campanas, cuyo alegre son lleno todos los ambitos de la ciudad desde las cuatro de la tarde hasta las 11 de la noche.

Todo era amor patrio, todo era júbilo y entusiasmo desbordante. Se se recibió una carta Iturbide, dirigida a los comerciantes. Les decían en ella que el ejército de las tres garantías estaba formado en su mayor parte por soldados que habían estado al servicio del gobierno español, que muy justamente los había tratado al no darles su pago y en uninformes. "En los términos que los mirais consiguieron la empresa sublime que será la admiración de los siglos. La patria eternamente recordará que sus valientes hijos pelearon desnudos para hacerla independiente y feliz. Y vosotros, mexicanos, ¿No recibireis con los brazos abiertos a unos hermanos valientes que em medio de las inclemencias pelearon por vuestro bien?¿No empeñareis vuestra generosidad en vestir los defensores de vuestras personas, de vuestros bienes y que os redimieron de la esclavitud?"
Los comerciantes entendieron que aquella pregunta cortez y comedida era una orden de aquel que tenía sus manos el destino de la nación y de sus habitantes, y se apresuraron a llevar ropa, calzado y novedades a los soldados. No todos alcanzaron, sin embargo. Los más antiguos insurgentes se quedaron nomás mirando, como suele decirse. Iturbide con su elocuencia, los consolo:
- No os aflija vuestra pobreza y desnudez- les dijo paternal-- La ropa no da virtud ni esfuerzo. Asi sois más apreciables, porque tuvisteis más calamidades que vencer para conseguir la libertad de la patria.
Y ellos quedaron conformes. Los pobres de México no han necesitado muchas veces más que unas cuantas palabras para quedar conformes.
El 26 de agosto llegó a la capital Juan O'Donojú. La gente, dice un testigo de la época, lo recibió "con respetuosa gratitud". Se le agradecía el tino y la prudencia con que evitó un nuevo derramamiento de sangre tan terrible como los que se habían visto en 11 años de luchas por la independencia. Se elogiaba su discreción, la claridad de juicio que tuvo para apreciar las circunstancias y resolver lo que mejor convenía tanto a España como a México. Se repetía por todas partes la frase con que había justificado su proceder, respondiendo a que quienes lo acusaban de haber faltado a su deber de español al acordar la independencia de México con Iturbide:
-Por mi destino y representación estába autorizado a obrar en aquella circunstancias apuradas y difíciles. He tratado como el primer español que se halla en este país con la única persona que disponía de la fuerza y la pluralidad de sufragios.
Aunque O'Donojú conservaba ya solamente carácter de Capitán General las corporaciones civiles y eclesiásticas le atributaron los honores que se rendían a los Virreyes que llegaban a gobernar la nueva España. O'Donojú, que ni siquiera recibió el nombramiento del virrey, fue acogido en México con las mismas demostraciones que se ofrecieron a los grandes virreyes novohispanos, desde don Antonio de Mendoza hasta Don Juan Ruiz de Apodaca.

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